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| Foto: El Español |
De un tiempo a esta parte, siento que yo misma y todo mi círculo de amigas nos estamos volviendo cada vez más reivindicativas, más conscientes de nuestros derechos, más luchadoras.
En las últimas semanas ha habido un gran revuelo en España por una Sentencia de un caso muy mediático de abuso/agresión sexual, que ha llegado a transcender de nuestras fronteras, habiéndose pronunciado incluso la O.N.U. sobre él.
No soy una experta en derecho, pero soy abogada. Así que desde mis escasos conocimientos jurídicos y desde el respeto que le tengo al poder judicial, voy a dar mi opinión sobre el tema.
El 26 de abril, la Audiencia Provincial de Navarra, hizo pública la Sentencia relativa al abuso sexual sufrido por una joven de 18 años a manos de cinco hombres durante los San Fermines de 2016. Desde que ocurrió ha sido un tema terriblemente mediático y ha estado constantemente en prensa, televisión y redes sociales. La gravedad de los hechos ha supuesto un juicio público. Desde el principio casi la totalidad de la sociedad ya habíamos declarado culpables a los investigados.
Los magistrados tenían una tarea muy difícil. La Sentencia fuera la que fuera iba a ser criticada, pero el revuelo que se ha producido ha sido tremendo. Son 371 folios de Sentencia y dudo que la inmensa mayoría de la sociedad haya pasado de los titulares de prensa. España se echó literalmente a la calle y se sucedieron las concentraciones, sobre todo de mujeres al grito de "no es abuso, es violación", pues los acusados han sido condenados por un delito de abuso sexual.
En primer lugar, diré que los Jueces y Magistrados aplican derecho, no imparten justicia, por mucho que nos guste apelar a ella ante cualquier situación de vulnerabilidad. Con esto quiero decir que muchas de las decisiones judiciales que no nos gustan tienen su origen en la nefasta legislación. A pesar de que las leyes pueden interpretarse, lo cierto es que los hechos probados y la tipificación de los delitos no dejan tanto margen de interpretación. Sobre todo, cuando ya existe Jurisprudencia del Tribunal Supremo (principal interprete de la ley) que es la que se ha aplicado al caso.
Dentro de los delitos contra la libertad o indemnidad sexuales, nuestro Código Penal recoge la agresión y el abuso sexual. Específicamente para que alguien sea castigado como reo de violación tiene que darse la agresión sexual con acceso carnal oral, vaginal o anal con miembros corporales u objetos. Y para que haya agresión sexual debe mediar violencia o intimidación. La víctima fue expresamente preguntada si había sufrido violencia o intimidación, y a ambas preguntas contesto "no".
El abuso sexual por su parte, se produce cuando sin violencia o intimidación se realicen actos que atenten contra la libertad o indemnidad sexual de otra persona, obteniendo el consentimiento prevaliéndose los responsables de una situación de superioridad manifiesta que coartó la libertad de la víctima. Tipo aplicado al caso concreto.
Moralmente, creo que la pena debería ser mayor. Que a pesar de las respuestas de la víctima, sí hubo intimidación, y que debería haberse calificado como violación. Pero creo que la Sentencia está bien construida. El Tribunal por supuesto ha creído a la víctima, a excepción del Magistrado, que ha emitido un voto particular pidiendo la libre absolución del que no puedo ni opinar. Y que existen recursos judiciales que permitirán que otros Magistrados revisen los autos y confirmen o no la Sentencia dictada.
No obstante, creo que esto ha servido para que cada día más mujeres alcemos nuestra voz. Para que todos nos concienciemos de que el principal problema en estos casos es el machismo que invade nuestra sociedad, nuestras instituciones y nuestras leyes. Que el problema no es que no hayan creído a la víctima, porque sí lo han hecho. Al menos dos de los tres Magistrados. El problema está en la necesidad de formar a los operadores jurídicos que van a juzgar este tipo de caso en perspectiva de género.
Desde niña, sin ser consciente, he vivido rodeada de situaciones que dejaban patente la diferencia de cómo se educa a hombres y mujeres en nuestra sociedad. Mi padre no hacia absolutamente nada en casa. A pesar de que mi madre trabajaba, era ella quien llevaba el peso de la tareas domésticas.
En el colegio, las diferencias comenzaban con los uniformes, las actividades extraescolares, la colaboración para servir en el comedor, incluso las actividades de asignaturas como pretecnología en la que nosotras cosíamos muñecas mientras ellos construían circuitos. Pequeños detalles que definían nuestros roles y marcaban nuestro comportamiento, delimitando lo que podían o no hacer las niñas, marcando nuestra manera de vestir, de sentarnos, de hablar y modulando incluso nuestro pensamiento.
En el colegio, las diferencias comenzaban con los uniformes, las actividades extraescolares, la colaboración para servir en el comedor, incluso las actividades de asignaturas como pretecnología en la que nosotras cosíamos muñecas mientras ellos construían circuitos. Pequeños detalles que definían nuestros roles y marcaban nuestro comportamiento, delimitando lo que podían o no hacer las niñas, marcando nuestra manera de vestir, de sentarnos, de hablar y modulando incluso nuestro pensamiento.
La mayoría de nosotras hemos sido educadas en un rol de sumisión y aún hoy siendo conscientes tenemos ciertos comportamientos machistas derivados de esa educación de los que los hombres se aprovechan.
Recuerdo que desde muy pequeñas los niños nos levantaban la falda para ver nuestras braguitas y a nosotras no se nos pasaba por la cabeza intentar bajar sus pantalones. Con 12 años, el entrenador de volley nos daba cachetes en el trasero, y con 13, lo hacía el entrenador de baloncesto cada vez que entrabas o salías del campo.
No sé cuantas veces he sentido vergüenza y miedo a que me dijeran algo al tener que atravesar grupos de chicos en el colegio, en el instituto, en la universidad, en el metro, en una discoteca...
Con 16 años en un vagón de metro he soportado que un hombre se pegara a mí y se restregara contra mi pierna, sintiéndome tan avergonzada que no pude decirle que parara o pedir ayuda, si no que me aparté lo más rápido que pude pensando a quién se lo haría en el siguiente viaje.
Me han gritado burradas por la calle y desde vehículos mientras iba simplemente corriendo con mis cascos puestos. Me han tocado el culo y el pelo insistentemente en discotecas a pesar de haber pedido que me dejaran. He pasado de ser guapa a ser una puta en cuestión de minutos solo por no querer hablar ni ligar con alguien que se me había presentado en un bar. Me han llamado calienta pollas por ser amable y simpática con alguien que me había caído bien pero a quién no he querido besar, arruinando sus expectativas.
He sentido miedo de camino a casa. He sentido pánico caminando sola de noche al escuchar pasos y voces de chicos por detrás. Miedo al despedirme de mis amigas una noche de fiesta, en la que cada una toma un taxi y nos mandamos las fotos de las licencias y todas nos pedimos "manda un whatsapp al llegar".
He tenido que soportar que me hablen mirándome el pecho en lugar de la cara, que me traten de modo paternalista e infravaloren mi trabajo por ser mujer, porque el mundo está lleno de mansplaining.
Y sin embargo, todavía puedo decir que he tenido suerte. No he visto exhibicionistas ni nadie se ha masturbado frente a mí, como les ha pasado a muchas amigas. No he sufrido violencia psíquica o física, no me han agredido, no han abusado de mí ni me han violado.
En mi vida hay muchos hombres maravillosos que respetan y valoran a las mujeres, pero no puedo dejar de ser feminista. No puedo dejar de querer cambiar el mundo y sus reglas para que nos eduquen en igualdad. Dejemos de decir a las niñas y a las adolescentes que tienen que tener cuidado, que no pueden vestir como quieren, ni llegar tarde, ni solas, ni mucho menos borrachas porque son vulnerables. Empecemos a enseñar a los niños y adolescentes que tienen que respetarnos y que su superioridad física no les otorga ningún derecho sobre nosotras.
Y que podamos dejar de ser valientes porque por fin seamos libres!
En mi vida hay muchos hombres maravillosos que respetan y valoran a las mujeres, pero no puedo dejar de ser feminista. No puedo dejar de querer cambiar el mundo y sus reglas para que nos eduquen en igualdad. Dejemos de decir a las niñas y a las adolescentes que tienen que tener cuidado, que no pueden vestir como quieren, ni llegar tarde, ni solas, ni mucho menos borrachas porque son vulnerables. Empecemos a enseñar a los niños y adolescentes que tienen que respetarnos y que su superioridad física no les otorga ningún derecho sobre nosotras.
Y que podamos dejar de ser valientes porque por fin seamos libres!
Besos! H.

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