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Muerte de colores


Por T.

Nunca pensé que escribiría de cómo veo la muerte. Es un tema que para muchos es en silencio, personal, cultural y cada uno lo vive a su manera. No hablamos de muerte en una cena casual. En otras culturas, no occidentales, la muerte se asume desde pequeños como evolución natural de la vida. Se habla más abiertamente y enfrentan el duelo de una forma más sana.

Más que de la muerte, vengo a hablaros de ese último adiós. La primera vez que me enfrenté a un adiós parecido fue de pequeña. Crecí sin padre. Cosas de obstáculos, preferencias y la vida, le impidieron serlo. Decisiones de cada uno. Ningún rencor. Cada uno decide ser quién quiere ser. Crecía con las expectativas altas de que algún día estaría cerca de él. Al final, asumí esa pérdida para no tener que sufrir. Con él, fue la primera vez que me enfrenté a aceptar la pérdida de alguien querido. Mi propio mecanismo, de ser feliz ante todo, hizo que entendiera que era mejor aceptarlo cuanto antes a bloquearlo. 

Desde que soy pequeña, me he familiarizado mucho yo sola con el tema de la muerte. No os asustéis. Mis pensamientos siempre eran de control absoluto hacia ella. No me asustaba morir. Sentía que era tan feliz y que lo había sido, que si un día tenía un accidente y moría, no me daba miedo. Esta habilidad de tratar a la muerte creo que la desarrollé gracias a mi abuela. Ella, todos los veranos nos decía: ¨el próximo verano ya no vendré, ya no viviré¨. Lo que me llevó a tener que enfrentar esa pena con total naturalidad cada verano, cada navidad y cada semana santa. Aún nos lo sigue diciendo, es una crack. El verdadero problema, si yo moría, era pensar en los que se quedaban.  Son muchas las dudas que surgen cuando un ser querido muere. No es fácil. Enfrentar la pérdida y asumirla, reduce el sufrimiento, por lo menos así funciona en mí. Aceptar ese adiós es parte de nuestro crecimiento.

No voy a entrar en el clásico debate de, a dónde vamos cuando morimos, en qué nos convertimos, iremos al cielo o al infierno. Estas dudas no forman parte de mi curiosidad. Las tengo apartadas. No digo que no haya que tenerlas, cada uno con sus intereses.

Mi primer viaje a Nicaragua, país del que vivo enamorada, hizo que me planteara un negocio. Mi mente siempre está activa buscando algún negocio molón que montar. Creo que me gusta más la idea de pensarlo que de montarlo, la verdad. Esta vez, la idea era un poco rara, de esas que no sabrías cómo explicar a tus suegros para que no piensen que estás trastornada. En este viaje, los cementerios me llamaron la atención. Eran cementerios de colores. Lápidas con tristes finales pero de miles de colores. No era exactamente un cementerio lo que quería montar pero formaba parte de ese entorno. No lo cuento por si algún día termino emprendiéndolo, nunca se sabe.

Siempre he detestado los cementerios. Me parecen escenarios fríos, tristes y donde, a mi forma de verlo, se realiza el ritual social más doloroso al que uno se pueda someter. No me siento nada cómoda en algo así. A mí me gusta celebrarlo todo. Me gusta entender que si las cosas salen mal, es porque hay otro destino o sentido que darle. A cada uno le funcionan sus herramientas. Se murieron mis dos figuras paternas más importantes y no formé parte del proceso habitual que se forma cuando esto ocurre. Por suerte, vivo muy lejos de mi ciudad y esto no hacía muy fácil mi llegada a tiempo a todo el ritual. Me despedí de ellos a mi manera. Les soñé y charlamos, nos reímos. No creo que si alguien muere, la mejor forma de rendirle respeto sea formando parte de lo que se monta entre visitas al hospital, velatorio, funeral y finalmente, entierro. Todos esos momentos dejan sus peores estampas. Por eso, cuando vi los cementerios de colores me picó la curiosidad de saber cómo viven ese adiós en otras culturas. Y ojo! No soy la única en este mundo que lo quiere vivir con la menor tristeza que se pueda.  Siempre he pedido que me incineren, me pongan en un bote diseñado por mí, hagan todos mis platos favoritos y suene flamenco, mucho flamenco. Y bailen. Decisión también muy respetable.


Este año, Pixar trae a través de ¨Coco¨, la fiesta de la muerte en México. Yo lo llamo cementerio mágico. No comparto la idea de enterrar un cuerpo para que permanezca en un lugar con el fin de poder visitarlo cada cierto tiempo y llevarle flores. Una de esas personas que perdí siempre estaba rodeado de música, risas, chistes y pura energía.  Me cuesta creer que, el lugar donde se supone descansa su cuerpo, sea en el mejor lugar que tenemos para recordarle. Yo le recuerdo cuando tomo una cerveza, cuando abro una lata de mejillones, cuando alguien toca flamenco en la guitarra, cuando veo un paquete de Marlboro rojo, cuando como bacalao, cuando viajo a Miami.

En la India, al parecer, la muerte es motivo de alegría y en los funerales no se puede llorar. El color negro ese día está prohibido. Tampoco comparto al cien por cien estas ceremonias, tienen otras cosas que me parecen macabras. En el interior de cada uno queda como celebrarlo. He sentido en alguien muy cercano el sufrimiento innecesario de decir el último adiós de la forma en que la sociedad y su cultura le obligaba. Creo que en esto, también debemos buscar nuestro camino y decir adiós como nos de la gana.

Para mí, la muerte, es más una cuestión de un cambio de mundos, de uno terrenal a uno espiritual pero con independencia de la despedida. Por eso, cuanto menos se sufra en el momento de decir adiós a esa persona menos sufriremos de forma innecesaria.

A veces, simplemente seguimos formalismos o protocolos porque así nos han educado y salirnos de eso asusta. Cada religión o cultura te da su guía a seguir. La mía propia, hoy más que nunca,  me lleva a vivir este momento como os he contado. Con colores y sin enterrar a nadie para siempre.

Este post no es para juzgar lo que no me funciona a mí. Con esto, solo he querido ser transparente en mi forma de vivirlo y entenderlo. No tiene nada que ver con ser rebelde hacia mi cultura. Tiene que ver con adaptar mis sentimientos a la vida para sufrir menos. La pérdida de alguien es un dolor siempre. Es una caída de expectativas futuras de la que levantarse no es cosa de leerse un libro. Pero hay que asumir lo que por naturaleza llega, no bloquear los sentimientos, hay que escucharlos.

Habrá mucha gente que piense que esto que escribo hoy, no es serio. No es cuestión de si es serio o no, es cuestión de vivir como cada uno lo entiende sin estar sometidos a tradiciones que no entendemos. Es cuestión, una vez más, de la libertad de pensamiento. De liberarse del pensamiento único.

Os seguiré soñando,
T.




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